Inicio Opinión Código alpha: de pasiones bajas y odios desbordados.

Código alpha: de pasiones bajas y odios desbordados.

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Ahh las campañas políticas, esa colorida época en la cual los partidos y los candidatos salen a las calles con la finalidad de obtener el respaldo de los ciudadanos y de esta forma llegar al poder durante los siguientes años. Ese espacio temporal durante el cual los mexicanos podemos ser testigos de uno de los factores que más daño le hacen a nuestra democracia: me refiero desde luego a la intolerancia y a las pasiones desbordadas que contaminan la discusión pública.

No hace falta contar con un robusto marco metodológico o realizar estudios comparativos profundos para poder darnos cuenta que en este país  la política se ha convertido en un burdo campo de batalla donde las propuestas y las soluciones a los problemas públicos brillan por su ausencia y son rellenadas con vagos discursos de odio, división y un apasionamiento desbordado que casi siempre termina por lastrar el sano desarrollo de las campañas y por ende, empaña cualquier matiz de progreso nacional. Una rápida mirada a las opiniones de “los ciudadanos de a pie” en las distintas redes sociales e incluso al discurso manejado por la mayoría de los partidos y los candidatos basta para darse cuenta de la enorme división y del encono que genera en gran parte de los mexicanos las campañas políticas.

Como un gran admirador de la pluma de fuentes he de recordar la idea plasmada en su obra “La Silla del Aguila” donde señala de manera muy acertada que la política es la actuación pública de pasiones privadas. Hoy esta frase cae como anillo al dedo cuando somos testigos de unas campañas políticas que se ven marcadas por el discurso del miedo, del odio y de los constantes ataques; tanto candidatos como simpatizantes no nos han ofrecido más que una berenjena de ataques, marcados fanatismos y una ausencia total de propuestas que son el fiel reflejo de la crisis política que atraviesa este país.

Las pasiones desbordadas son tantas y tan obvias que resulta fácil darse cuenta de lo dividido que se encuentra el país y del clima de odio e intolerancia que se respira en general, pareciera que cualquier pretexto es bueno para que en redes sociales la gente saque toda su frustración y rencor contra el candidato distinto al suyo mediante burdas mentadas de madre, sin embargo en el escenario de “alto nivel” las cosas no son muy distantes, ya que pareciera que los candidatos y equipos de campaña para la presidencia de la república están más entretenidos en investigar viajes a Atlanta, vuelos en aerotaxis y escándalos mediáticos, más que en buscar soluciones a muchos de los problemas más elementales que enfrenta esta nación.

Desde luego no me refiero a que se debe dejar de lado la parte crítica en la campaña, hago énfasis en lo importante que es el hecho de que cualquier persona que aspire a un cargo público se comporte con civilidad y tenga la suficiente y elemental responsabilidad como para decirle a los ciudadanos como es que piensan gobernar y aportar soluciones, en lugar de enfrascarse en terribles discusiones de lavadero que nada aportan al progreso del país. Usted estimado lector ¿Podría mencionar a algún candidato o candidata a la presidencia que haya generado hasta este momento siquiera un esbozo de propuesta seria y funcional para resolver problemas tan básicos como el agua, el transporte público, el empleo digno y la crisis de vivienda del país?.

Sin embargo esto no es un escenario fortuito, es el resultado de una clase política que se ha acostumbrado a años y años de tener un electorado, que no propone y que no incide, es el reflejo de una sociedad polarizada y movida por el odio, esa misma sociedad que apenas en septiembre del año pasado se decía unida y solidaria por los sismos en nuestro país y que hoy muestra su lado más reaccionario e intolerante en medio de un incesante intercambio de ataques electorales.

Zygmunt Baumn solía decir que las raíces del odio de nuestro tiempo están motivadas en gran medida por el miedo a lo diferente, a lo distinto; hoy tenemos la enorme encomienda de ejercer un papel que sí debe ser crítico, pero con la suficiente objetividad y responsabilidad republicana como para ver más allá de la fe ciega de los colores partidistas, más allá de esa especie de chauvinismo político que lleva a muchas personas a pensar que su crítica y observaciones son los únicos argumentos válidos en medio de un enloquecido escenario electoral en donde se disputa la elección más trascendente en la historia de nuestro país. La civilidad debe empezar a construirse desde la sociedad para después permear a las instituciones públicas y políticas, así pues si no nos quitamos los lentes partidistas y decidimos por sobre nuestros dogmas, nos estaremos acercando peligrosamente a un modelo social impulsado por el odio y la división, si no sabemos estar a la altura del juego democrático no nos sorprendamos que ese mismo odio político que muchos se profesan, se siga manifestando desde canales “inocentes” como boicotear las voces críticas, hasta las formas más perversas de intolerancia política, como la muerte de candidatos y la descomposición de nuestras instituciones.