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LOS AMBICIOSOS DEL PODER/ Por: Tayde González Arias

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ARENA SUELTA

Las ambiciones son los anhelos que todo hombre o mujer con deseo vehemente busca conseguir, quiere tener, lograr o perseguir. Por lo general las ambiciones se vuelven los motivos y el motor de vida de muchas personas, pues cada uno tenemos deseos públicos y reprimidos de llegar a adquirir desde un juguete cuando niños, hasta el auto más lujoso al llegar a ser adulto.

El asunto de la ambición es que puede tornarse en una terquedad, en la necedad de ser, de tener o hasta arrebatar, pues se trata de una condición que llega a tocar la codicia, sobre todo cuando se trata de cosa material, de dinero o bienes. Ambicionar riqueza solo puede acompañarse de honestidad y trabajo, pero cuando se hace presente la corrupción, no solo daña al ambicioso si no a terceros implicados.

Cuando un estudiante ambiciona ser brillante y se dedica al estudio, sus logros son sobresalientes, y cobran mayor valor si apoya a sus compañeros, si salpica disciplina y abona al aprendizaje grupal, pero cuando lo hace por sí solo, cuando lo hace sólo para él, y no comparte conocimientos, tareas o trabajos, no está siendo verdaderamente compañero y la ambición de brillar lo opaca al grado de ser mal visto por los demás.

Posiblemente algunas personas ambicionan dinero, pero no ahorran, y se vuelve exactamente igual que el caso del que quiere ganar la lotería y nunca compro un boleto en algún puesto de revistas.

Las ambiciones las podemos ver en dos vertientes en aquella en la que se desea algo para vivir bien pero permitir que también los demás lo hagan, y aquella en donde solo importa uno sólo, en donde no entran los demás, a eso se le llama egoísmo y es uno de los males que aquejan a los habitantes del mundo actual, que solo ven en lo particular y la pluralidad nunca es la pretensión.

Los políticos de ahora y posiblemente los de los últimos 70 años (salvo alguno casos) han sido ambiciosos para sí, pues solo de esa manera se pueden entender sus excesos y exuberancias, confrontado a la realidad de la mayoría de la población que tiene que vivir de un salario mínimo y a veces incluso sin tener algún sustento. Viven en la opulencia y quieren más, no ganan para repartir sino para acumular, tampoco han considerado el servicio público como el medio para generar igualdad, o justicia, prueba de ellos son las enormes desigualdades y la brechas entre pobres y ricos, atreviéndose además a hacer llegar a los gobernados malos servicios de salud, de educación, de comunicaciones entre muchos otros.

Las ambiciones que prevalecen en la actualidad, son el espejo de la pobreza humana, con la que en las esferas más altas se vive; ignorando lo que pasa en cada rincón del país, por eso, no les importa a muchos que el hambre siga siendo causa de muerte y que una madre desnutrida, tiene solo eso para dar a sus críos.

En América Latina ha sido tal la ambición de poder y de riqueza que algunos de los exmandatarios de los países de la región están tras la rejas, otros son procesados y cuando se ha corrido con la suerte de tener personas que ambicionan el bien social, afortunadamente a algunas se les ha reconocido con el Nobel de la Paz, o con la admiración colectiva, de los primeros podríamos mencionar al ex presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, y del mismo país Álvaro Colom, así como a Luiz Inácio Lula da Silva del Brasil (los malos ejemplos), y de los segundos por su puesto el gran uruguayo José Mujica, un ejemplo de servicio y ambicioso en ayudar su pueblo, lo mismo que en su momento Oscar Rafael de Jesús Arias Sánchez, quien con la ambición de paz en los años 80s, se opuso al apoyo estadounidense en el conflicto nicaragüense.

Tenemos muchos ejemplos de hombres y mujeres que han ambicionado el bien y también aquellos que han adoptado la ambición para servirse con la cuchara grande. Nos encontramos en un momento de la historia en la que prevalece el deseo popular de que los ambiciosos gobernantes, ambicionen acabar con el despojo al país, con la inseguridad y la ultranza, con los desfalcos y la delincuencia, y ya no se lleven la poca sangre que nos ha permitido seguir respirando esperanza.