Inicio Opinión Cuarta Transformación. Su ascenso, su perdición/Por: Martín Ramos  

Cuarta Transformación. Su ascenso, su perdición/Por: Martín Ramos  

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Es innegable que nos encontramos viviendo una época sin precedentes, y me refiero a que estamos ante la llamada “Cuarta Transformación” la cual hace referencia al proceso de independencia, la reforma y la independencia y, con la asunción de AMLO al poder nos encontramos iniciando el cuarto proceso transformador de nuestro país, según dicen.

Indistintamente de que estemos o no en un proceso de transformación, lo cierto es que es un momento sin precedentes por múltiples motivos; primero porque AMLO llega al poder con más de treinta millones de votos, lo cual lo hace el Presidente más votado en la historia en términos cuantitativos, más no un tlatoani plenipotenciario con un cheque en blanco al portador; segundo, porque es el partido de más reciente creación que asume el poder, ya que tiene poco más de cuatro años de creación como partido político y ya se encuentra despachando desde el ejecutivo federal; tercero, porque representa la persistencia de un movimiento de un movimiento -monolítico- que desde el 2006 se encuentra buscando los cauces para ganar la presidencia, cosa que hoy acaba de suceder; y, cuarto, porque tiene en su manos la responsabilidad de cristalizar el sueño no de treinta millones de votantes sino de más de 120 millones de mexicanos que reconocen en AMLO, incluyéndome, un Presidente cuyo objeto es llevar a nuevos horizontes a nuestro país que tanto ha peregrinado en subdesarrollo en busca de ese lugar llamado primero mundo al cual pertenece y que por múltiples circunstancias no figura en él.

Más allá de mencionar lugares comunes y de desearle el mayor de los éxitos a Andrés Manuel, lo cierto es que existe en ciertos grupos el temor latente de que México se convierta en un gobierno autoritario y que López Obrador desee quedarse en Palacio Nacional (no en Los Pinos porque ya no es la residencia oficial) más de lo que señala el mandato constitucional. Ese, señores y señoras, es el verdadero peligro que, al menos un servidor, tiene sobre la presidencia de AMLO. El ejecutivo federal tiene que estar seis años en el poder, más de ello existe el fantasma, si ustedes quieren, de llegar a un porfiriato como el de hace más de un siglo (indistintamente de que yo sea porfirista, estimo que no es lo mas sano para la nación). En ese sentido y al observar las mayorías en el Congreso, es alarmante que esto se convierta en realidad, sin embargo, el hecho de que en días pasados no haya pasado el proyecto de dictamen de reforma constitucional en el que se pretendía modificar el fuero, da la señal de que la oposición bien organizada puede dar lugar a un límite ante el poder casi absoluto del partido en el poder.

Recuerdo que en alguna ocasión un diputado de la actual legislatura me comentó que la perdición de Morena sería llegar al poder y que estaba condenado a que le sucediera lo que a los partidos que llegan a Los Pinos les sucede, que es colapsar en ellos mismos. Al arribar a la máxima toma de decisiones, la pelea por el poder interno se intensifica lo que da lugar a las divisiones y facciones al interior, lo que a la postre, sin lugar a dudas, da espacio a las traiciones y al colapso interno, como ya ha sucedido en otros institutos políticos. Omito nombre de tal legislador por ocupar cargo preponderante en el legislativo estatal.

Pareciera que la esperanza de la oposición es que el propio adversario, no sepa consensar al interior y con ello, fracturar al partido desde adentro para que las grietas se conviertan en abismos donde las otras fuerzas políticas puedan entrar para constituir un límite al poder que tanto se degusta en estos días.

Así, estas líneas quisiera que fungieran como un doble llamado, primero a los partidos de oposición y, posteriormente, a la ciudadanía a que construyamos la democracia que necesitamos, es decir una democracia donde las minorías sean escuchadas y donde existan firmes límites ante el poder hegemónico del cual huimos en el siglo pasado pero tenemos el temor de caer en sus garras en el tiempo presente, y así evitar lo que en alguna ocasión en una misiva hace siglos le dijo el obispo Mendel Creighton a Lord Akton “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.