Opinión

Arena suelta / Tayde González Arias

Creer es siempre la esperanza de algo mejor para la vida propia y la de alguien más.

Las personas creemos en muchas cosas, sean objetos o personas que se pueden ver y tocar y otras más ocultas que sólo se imaginan, se saben que existen, pero no les vemos. Creer es en sí es un derecho universal y para nuestra fortuna un bien superior e intrínseco que nadie puede evitar. La tarea de creer en algo o alguien es tan inherente a nosotros que incluso lo elevamos al rango de fe.

Cuando se habla del delicado tema de la religión, creer es la pepita de la semilla, es el centro de la palabra misma, y es motivo de largos peregrinares, de llanto y de súplica por el favor esperado, por lo deseado, por el amor o la salud o por mantenerse sanos y salir de la adversidad. Respecto a este punto debemos considerar que todos creemos religiosamente, porque la historia nuestra y la de nuestros ancestros es clara al respecto de pedir auxilio frente a los embates de la naturaleza; las plagas o las fatales enfermedades.

Yo creo que debemos de creer en algo siempre y poner en lo divino el voto de lo imposible, siempre y cuando se respete que no todos creemos en lo mismo, y que, aunque se rece en cualquier edificación que represente para nosotros la casa de nuestro Dios, en la calle, la comuna, o el espacio compartido solo somos personas envestidas con los mismos derechos de rezar a quien deseemos hacerlo, lo cual lo instruye la misma ley respecto del derecho de la libertad de culto.

El creer es tan especial, por el hecho mismo de poner toda la confianza en aquello que representa mucho o todo para nosotros, justamente como hombre de trabajo sé que laboro para que se me pague, creo que trabajar trae como retribución mi pago, y creo que México es rico en cultura por sus más de 68 lenguas que aún guarda, y que Michoacán es hermoso porque sus tradiciones de día de muertos han sido reconocidas como patrimonio intangible de la humanidad; por poner ejemplos.

Pero qué pasa con el amor, qué sucede con quien se roba todos los suspiros, con quien hemos decidido pasar la vida, que será él padre o madre de nuestros hijos, con quien se desea mantener el abrazo eterno y el beso interminable, pasa que también en él o en ella se cree, se entrega en el acto el cuerpo total, la fe y las esperanzas de que también se sienta lo mismo de la otra parte. He conocido durante mi vida, y seguramente usted amiga y amigo lector, a aquellos hombre y mujeres que sonríen hermoso y se tocan sus manos, y se miran, y se besan pasados muchos años, siendo testigos uno del otro según sus canas y sus arrugas el como creyeron entre ambos, el uno del otro; ellos son testigos fidedignos de que vale la pena creer y de que poner el alma y el cuerpo en alguien más siempre es una gran posibilidad de ganancia.

Cada día que nace, cada noche que transcurre es un tiempo perfecto para creer en Dios, y en el amor, en el hombre o la mujer que con su mirada absorba su ser, con besos beba el alma y con su mano le permita tocar el cielo. Si por los malestares de la vida usted no ha sido beneficiado aún de este sentir, siga intentándolo y lo más importante aprenda a creer usted misma o mismo, tenerse confianza le va a dar mayor posibilidad de triunfar en estos menesteres.

Recuerde que creer es siempre la esperanza de algo mejor para la vida propia y la de alguien más, y si se equivoca en la tarea, la vida es sabia y el tiempo ha de ser suficiente para volverlo a intentar.

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