Opinión

Código alpha: Corrupción que mata.

Por: Sergio Santiago Núñez Galindo

Es común escuchar en nuestro país, por parte de todo tipo de sectores, organizaciones y periodistas, que la corrupción es el mayor problema que enfrentamos, de las implicaciones constitucionales, legales, normativas y del enorme costo económico y para los índices de competitividad que esto acarrea para nuestra nación, sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar cual es el impacto humano, el impacto que representa de manera directa en la vida diaria de los millones de mexicanos y habitantes de este país.

Dejemos de lado las cifras, las estadísticas y los indicadores de corrupción ya muy conocidos y prácticamente poco atacados, centrémonos por un solo momento en reflexionar el costo humano, social y directo de este enorme cáncer.

Uno de los ejemplos más desgarradores, crudos y que más duelen, es el de la guardería ABC en Hermosillo Sonora, una lamentable y dantesca serie de eventos desafortunados cobijados por un  halo de corrupción, mediante acciones y omisiones de prácticamente los tres niveles de gobierno del Estado Mexicano y que dieron como resultado una tragedia que se cobró la vida de más de 40 infantes y dejó con graves secuelas físicas y psicológicas a muchos niños y familias que aquel nefasto 5 de junio del año 2009 experimentaron en carne propia la faceta más execrable del fenómeno de la corrupción: una faceta que mata, que se cobra vidas y que trastoca a nuestra sociedad desde su seno, desde lo más sensible de sus entrañas.

Ese día, los mexicanos fuimos testigos de cómo la corrupción de autoridades de protección civil municipal, estatales en materia de inspección y federales del Instituto Mexicano del Seguro Social, fueron el caldo de cultivo perfecto para que todo el país terminara condenando la muerte de decenas de niños que fueron la cara más dolorosa de una terrible bomba  de corrupción que detonó con las desafortunadas chispas en una bodega del gobierno del Estado de Sonora a espaldas de la guardería, el resto es la dolorosa historia que ya todos conocemos.

Esa precisamente, es la cara más vil y más burda de la corrupción, sin embargo más duele ver que a 9 años de distancia de aquel fatídico momento, pareciera que la sacudida social ya ha terminado, algunos cuantos chivos expiatorios fueron a dar a la cárcel, pero como sociedad y como gobierno hoy podemos seguir diciendo con vergüenza que la muerte de más de 40 niños no sirvió para detonar la voluntad general de combate contra la corrupción, e incluso lastimosamente podemos asegurar que hoy en día pareciera que nos hemos acostumbrado a creer ese dogma que a manera de destino manifiesto, hasta el propio presidente de la república se atreviera a justificar señalando que el mexicano es corrupto “por una cuestión cultural”.

Así pudiéramos seguir extendiéndonos y seguir abonando ejemplos, como  la corrupción que mató a una familia en el socavón de una obra pública defectuosa en el paso express de Cuernavaca, o la corrupción entre algunos miembros de las fuerzas de seguridad que como efecto colateral ha convertido a las rutas de transporte público en muchas partes del Estado de México, en campo fértil para asaltantes y bandidos, tal y como lo estipula Ricardo Raphael en su columna “Cuatro Caminos el paradero de la muerte” en El Universal.

Estamos al borde de la cuchilla, es momento que como país reflexionemos profundamente las implicaciones y el costo social del fenómeno: este país no necesita más  niños calcinados, más conductores muertos ni más balas en la cabeza de ciudadanos asesinados en el transporte público, para darse cuenta que el tiempo y el oxígeno se nos acaba.

La cleptocracia rapaz, cínica y descarada que ha hecho de la corrupción un modo de vida, solamente terminará el día en que sociedad, gobierno, medios de comunicación, empresarios, iglesias y absolutamente todos, entendamos que el dinero sucio que financia lo mismo  el refresco de un policía corrupto, que la cena de lujo de un alto funcionario prófugo escondido bajo el sol panameño, es dinero que genera atraso y enormes brechas sociales, que es dinero que mata y que muchas veces desgraciadamente  de manera directa o indirecta se lleva la vida de inocentes de por medio, ese es el tamaño de la tragedia y el costo que estamos pagando, la solución por ende, debe ser igual de grande que los demonios que se buscan vencer.

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